El pasado 31 de enero, el Autódromo de Tocancipá no olía solo a caucho quemado y gasolina de alto octanaje; olía a aprendizaje.
BMW Motorrad Colombia quiso nuevamente dejar de vender solo motos y una vez más decidió vender seguridad, técnica y, sobre todo, confianza. El BMW Motorrad Academy Festival no fue el típico desfile de logos de lujo; fue una escuela de combate para cualquier mortal con una máquina de más de 300 cc.
Y yo estaba allí, con la llave de una BMW F 800 GS Triple Black en el bolsillo -la 'negra' de la que les hablaré en un artículo dedicado solamente a ella-, listo para aprender y mejorar mis cualidades de conducción.
Estrenar el asfalto de Tocancipá en dos ruedas fue lo más parecido a patinar sobre seda. El cambio fue notable, recorrerlo en moto fue una epifanía. Desaparecieron los reparcheos traicioneros y esos desniveles que te hacían aferrarte a tu fe religiosa en cada frenada.
Bajo una lluvia que aún mojaba nuestros visores, la primera lección del grupo Nivel 3 On-road fue clara: el agarre del nuevo asfalto es tan bueno que te permite inclinar con una confianza que roza lo ilegal, incluso con el piso mojado. Pero aquí no vinimos a batir récords de vuelta, vinimos a entender la física. La mirada, la posición del cuerpo y esa conexión casi mística con la moto fueron los protagonistas. Donde pones el ojo, pones la moto; así de simple, así de difícil.
El arte de ir despacio (y mi encuentro cercano con el suelo)
Es fácil ser valiente cuando el velocímetro marca tres cifras. Lo difícil, lo que realmente separa a los motociclistas de los simples dueños de moto, es el control a baja velocidad.
Nos mudamos al Kartódromo Juan Pablo Montoya para enfrentar el verdadero reto: el Slow Race y los ejercicios de equilibrio. Si creen que mover 227 kg de ingeniería alemana en un espacio del tamaño de un tapete es fácil, intenten hacerlo solo con el punto de fricción del embrague y el freno trasero.
En la F 800 GS, el embrague es una delicia de precisión, pero el ejercicio de caminar a su lado controlándola solo con el motor te recuerda que la gravedad siempre gana si te descuidas. Hicimos eslalon, ochos y círculos tan cerrados que el manillar pedía clemencia. ¿El truco? Codos abiertos, mirada al horizonte y un uso quirúrgico del freno trasero. Si controlas la moto a 5 kph entre conos, el tráfico de la Autopista Norte un lunes por la mañana parecerá un juego de niños.
Fue en el ejercicio de los ochos y círculos cerrados donde mi orgullo recibió un golpe de realidad de casi 230 kilos. En un giro extremadamente cerrado, con el manillar bloqueado hacia un costado y la moto inclinada al límite, cometí el pecado capital de un principiante: el reflejo me traicionó y toqué el freno delantero.
El resultado fue una lección instantánea de física. La gravedad hizo su trabajo y la flamante BMW F 800 GS terminó probando la dureza del asfalto conmigo caído justo al lado. ¿Dolió? Solo el orgullo. Pero fue el momento más valioso del día. El instructor certificado de BMW estaba ahí para recordarme que, en maniobras lentas, el freno delantero es tu enemigo mortal y el trasero es tu único aliado fiel. Si quieres dominar una bestia de ese tamaño, primero tienes que domar tus propios instintos de pánico.
Tierra, barro y la sabiduría de la tribu
Pero el festival no solo se vivió sobre el asfalto impecable. A pocos metros, el rugir de los motores se mezclaba con el sonido de la tierra suelta en la zona Off-road. Allí, los niveles 1, 2 y 3 se enfrentaron al polvo, aprendiendo que fuera del camino la moto no se maneja, se baila; el control de tracción y la técnica de ir de pie fueron las claves para dominar el terreno destapado.
Y cuando el cuerpo pedía un respiro, el refugio estaba en las carpas de experiencias. El plato fuerte fue la charla de Agustín Ostos, de Soy Tribu, quien con su sencillez habitual nos recordó que la moto es, ante todo, una herramienta de libertad. Escucharlo hablar sobre la logística de sus viajes y la preparación mental para enfrentar la ruta fue el complemento perfecto: entendimos que ser un motociclista integral no solo implica saber trazar una curva perfecta o frenar en seco, sino también tener la humildad para aprender del camino y la pasión para querer explorarlo.
El Veredicto final
La gran diferencia de este festival fue la democratización. No importaba si tenías una BMW de última generación o una japonesa de 300 cc; la exigencia era la misma para todos. Los ejercicios de eslalon y el manejo quirúrgico del embrague no son solo para lucirse en un curso; son las herramientas que te salvan la vida entré semana por la mañana en el tráfico pesado o en un parqueadero estrecho.
¿Superamos el curso? Sí.
¿Aprendimos algo nuevo? Absolutamente.
Me fui de Tocancipá con un par de rasguños en el alma, pero con una claridad que no te da ningún manual. Al final del día, la técnica es el único accesorio que no puedes comprar en un catálogo de lujo, pero es el único que garantiza que sigas disfrutando de esta pasión por muchos años más. Porque en este mundo, no se trata de cuántas motos has manejado, sino de qué tan bien manejas la que montas hoy.